Algunas reflexiones de un filósofo práctico en “movimiento”

Los filósofos constituimos, a ojos de mucha gente, incluso gente dedicada a las ciencias sociales o naturales, individuos un poco difíciles de descifrar. Por siglos, nos hemos entrenado en el arte de hacernos preguntas y de construir argumentos. Sin embargo, aún todavía, no está del todo claro, qué hace de esas preguntas, y de esos argumentos, algo propiamente filosófico. Y señalarlo de este modo involucra, al parecer, y por más que suene algo paradójico, un modo de intervenir “´propiamente filosófico”. Y con la salvedad, dicho sea de paso, qué es aquello que cuenta como propiamente filosófico no tiene un estatus compartido entre todos los filósofos. Más aún, si se piensa en el campo de la ética, una de mis disciplinas de trabajo favoritas, tampoco es claro, variando ahora de aspecto, qué es aquello que cuenta como “propiamente humano”. De modo tal que un tema como el de la relevancia moral de los animales no humanos, como ha manifestado por ejemplo Derrida, dista de ser claro porque no es del todo diáfano que es lo propio del hombre, y lo propio del animal. Etólogos, filósofos de la mente, y filósofos morales, suelen poner la línea distintiva en distintas partes de un complejo camino conceptual. Más aún, para algunos más que una «línea», hay un «continuo», que en ciertos tramos se vuelve tan difuso como les ocurre a aquellos conceptos de los que predicamos vaguedad en sentido gradual.

Tramos atrás, he hablado de que los filósofos solemos intervenir de un modo que es filosófico, con la cautela de que no es cristalino siempre qué es lo filosófico del asunto. Ahora bien, ya que hablo de intervenciones, quisiera recordar que hay un estereotipo, quizás (algo), injusto, de que los filósofos, como decía socarronamente Aristófanes de Sócrates, “caminamos sobre nubes”. No hay duda que el conocimiento filosófico exhibe dosis altas de abstracción conceptual. Sin embargo, ello no es incompatible con asumir que los filósofos, a través de nuestras preguntas, argumentos, conceptos, intervenimos en el mundo. Cuando hablo de ‘mundo’ uso una expresión deliberadamente amplia. No obstante, como filósofo característicamente práctico considero que los filósofos intervenimos, o podemos hacerlo, en relación al mundo público, al mundo político, al mundo jurídico, al mundo social. Sólo para dar algunos ejemplos, que no son por tanto exhaustivos, ni pretenden serlo, los filósofos políticos, morales, o del derecho, acostumbran a pensar sobre conceptos que mantienen, en ocasiones relevantes, «fricciones» con ese mundo que mencioné arriba. Para el caso de la ética, lo que solemos llamar ética normativa, y más dudosamente, lo que a veces se denomina como ética aplicada, son brazos de la reflexión filosófica que pretenden dar una explicación conceptual del mundo moral. Mutatis mutandis, lo dicho para la ética normativa vale para la filosofía política o del derecho, sobre todo cuando las definimos en términos más normativos, que meramente descriptivos. En el caso de la ética, a título de ejemplo lo digo, preguntas sobre si da lo mismo actuar que omitir pueden tener impacto (fricción), con el mundo cuando lo que discutimos versa sobre la permisibilidad moral o no de la eutanasia y si, es conveniente o no, discernir entre eutanasia activa y pasiva. O, para poner otro ejemplo, cuando desde un punto de vista metafísico, nos preguntamos si entes futuros, que aún no existen, tienen identidad verosímil (vgr., existen), es porque quizás estamos interviniendo en el debate público de cómo proteger penalmente a las generaciones futuras.

Los filósofos políticos también tienen, cuando no hacen mera metafilosofía, intervenciones o fricciones con el mundo político. La pregunta sobre qué constituye lo político (que por ejemplo era una pregunta explícita para Carl Schmitt), puede envolver temas no meramente semánticos o conceptuales. Puede involucrar aserciones sobre quiénes cuentan en la política y cómo debemos urdir las estrategias políticas para hacernos o no con el poder. Más normativamente hablando, cualquier teoría de la justicia, desde Aristóteles (sólo para poner un poste indicador histórico), pasando por John Rawls, y desembocando en A. Sen o Martha Nussbaum (para poner unos parcos ejemplos que ni siquiera ahora discuten si el marxismo tiene una teoría de la justicia), son ejemplos vivos (incluso Aristóteles está vivo de muchas formas), de cómo la filosofía, en este caso política, atraviesa problemas del mundo social: por ejemplo, ¿deben los méritos personales recompensarse de manera especial? ¿Debemos complementar los criterios de distribución del mercado con criterios normativos extra-sistemáticos? ¿Debemos compensar a los que por mala suerte natural o social están peor situados socialmente? ¿Es inocuo, incluso, en este último caso, hablar de mala “suerte” en un ámbito como el social donde hay conductas, muchas veces intencionales en juego?

La filosofía del derecho, también, pese a algunos momentos más obsesivos en lo metodológico, por caso, más centrados en temas como el análisis de conceptos como Derecho, sanción, sistema o validez jurídica, o más enfocado a encontrar la mejor (por no decir la verdadera), concepción de lo que es Derecho, mantiene reflexiones sostenidas en el tiempo (y de nuevo Aristóteles, pasando por Hegel, llegando a Kelsen, continuando con Hart, Dworkin, Raz, Finnis, o Kennedy); reflexiones, bien digo, que se friccionan con el mundo. Cuando digo que se friccionan digo, como Wittgenstein, que el lenguaje interesante no es siempre el “que se fue de vacaciones” y pierde fricción o contacto con el mundo. Discusiones sobre la validez, por ejemplo, discusiones que pueden muy áridas por momentos, en algún punto hacen contacto (a veces hacen “falso” contacto), con temas como la justificación de la autoridad del derecho, la interpretación de textos legales e incluso el cambio constitucional revolucionario.

No obstante, todo lo dicho, los filósofos estamos rodeados por una intemperie existencial, si así se puede decir. Queremos hacer filosofía, análisis, queremos estabilidad en nuestros conceptos, en un mundo que está moviéndose quizás con nosotros. La realidad, el mundo, tiene también una naturaleza en cambio (dinámica), y los conceptos, por el contrario, quieren ser fijos. Este fue un problema que vio con astucia Nietzsche. A veces buscamos aquietar el mundo, ralentizar los cambios, mediante los conceptos. Sin embargo, entre los conceptos y el mundo hay tensiones, si así pudiera decirse cuando menos metafóricamente. En el caso de los conceptos morales, jurídicos y políticos, por más que identifiquemos con relativo éxito condiciones esenciales, (por ejemplo, necesarias y suficiente), para la aplicación de conceptos, no hay duda que ciertos conceptos son más sensibles a los cambios históricos. Conceptos como democracia, libertad negativa o positiva, libertad como no dominación, igualdad de recursos, de capacidades, etc., tienen historia. Y no sólo historia en un sentido quirúrgico limpio. Sino que, también, detrás de los conceptos hay, como ha dicho muchas veces por ejemplo Q. Skinner, “batallas”. Cuál es la relación entre los conceptos, entre el conocimiento y el poder, es un tema delicado filosófico en sí mismo, como autores tan diversos como Althusser o Foucault han puesto de manifiesto.

Durante mi estancia breve en Bucaramanga pondré de manifiesto esta clase de problemas y otros más. Asimismo, en el marco de mi conversatorio en la Procuraduría General de la Nación de Colombia, habré de delimitar parte de las reflexiones, que al vuelo del pensamiento que he hecho más arriba, me ayude a focalizarme en preguntarme, a interpelar e interpelarme, desde la filosofía práctica, lo que está sucediendo ahora en Colombia. Decir “ahora” es una convención engañosa. He dicho que el mundo, aunque no totalmente, en sentidos relevantes está en cambio, en movimiento. La admonición metodológica de Hegel dirigida a los filósofos en el sentido de “sentarse a esperar el vuelo del Búho al atardecer”, no se lleva bien con momentos de urgencia, de impaciencia. Y parece que los filósofos, con la fragilidad mayor del caso, debemos y podemos intervenir. Eso es lo que haré inquiriendo en la naturaleza y condiciones del “diálogo” nacional propuesto por el poder político actual.


Escrito por: Guillermo Claudio Lariguet.
Posdoctorado del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.
TITULO2
Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.
Premio Konet por sus investigaciones en ética.
Profesor Internacional de la Especialización en Derecho Constitucional de UNICIENCIA.

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